Posted by: NAHJ-UPR on: October 24, 2008
Por Erica J. Sánchez
Todos los días, cientos de sillas se quedan solitas en los salones de la UPR, sin el calor de un cuerpo sobre ellas, sin cumplir el propósito para el cual fueron hechas, rechazadas por cientos de estudiantes que se suponía les dieran uso. Qué triste vida la de un pupitre universitario. ¿Y qué tal el pobre salón? Casi nunca está lleno, solamente cuando el profesor o la profesora decide dar un examen. Tampoco logra su misión de vida.
Pero el martes 21 de octubre, un salón de Humanidades estaba lleno a capacidad. Quizás me falla la memoria, pero no recuerdo haber visto eso en ningún día normal. Tanto se llenó que una alumna tuvo que buscar una silla de otro salón. Parece que ese día, todos tenían ganas de aprender sobre la Segunda Guerra Mundial, nadie se enfermó, a nadie se le quedó el carro, las estrellas se alinearon, los cerdos volaron, los sapos desarrollaron cabellera.
¿Por qué será un acontecimiento tan extraño? Me parece que hay dos razones principales. Primero, gran parte del alumnado falta por razones válidas, pero siempre hay aquéllos a quienes, simplemente, no les da la gana de asistir (y no me excluyo de esto). Claro, no hay problema con faltar una o dos veces porque estamos cansados o tenemos mucho trabajo. Pero ya hay un problema cuando un profesor o profesora rara vez da su clase ante un aula al menos casi llena. Lo más malo de esto es que hay quienes van de mil en cien y, comoquiera, si no salen bien en el examen, es culpa del profesor. Son pocos, pero existen.
Sin embargo, los salones a medio llenar (o medio vacíos) no son sólo culpa de los estudiantes. También hay un gran problema en el proceso de la matrícula. Qué mucho molesta buscar una clase en esa pantalla negra, ver que se han matriculado cinco estudiantes de más y que no le permitan matricularse, para ver después que en el salón sobran diez sillas. No sé si se debe a mala planificación, malentendidos o fallas técnicas, pero es algo que deben resolver.
Cualquiera sea la razón por la cual un aula llena impresiona tanto, hay que hacer algo al respecto. No está bien que el profesorado llegue a dar una clase a dos o tres gatos. Ni que estudiantes deseosos de cogerlas se queden afuera por ineficiencias en el sistema.